Tecnologías para el mundo que queremos construirRadios, TIC y derecho a la comunicación. Compartimos el artículo que escribimos
para el libro Lo ancestral funciona, una reflexión para intentar responder una
pregunta clave en esta época: ¿Podemos resignificar las actuales tecnologías de
información y comunicación?
Todo desarrollo tecnológico es hijo de su época y nace condicionado por el
sistema económico, político y cultural del que surge. Los valores y creencias de
quienes lo inventan lo moldean de igual manera. Las personas que posteriormente
usen dichas tecnologías se las apropiarán de múltiples formas. Agregarán a la
ecuación sus propios valores personales y sociales, transformando o
resignificando los usos imaginados por los desarrolladores. Esos ajustes, sin
embargo, siempre estarán limitados por los sesgos preexistentes en la concepción
y posterior diseño del artefacto.
Por ejemplo, las tecnologías de telecomunicación que emergieron durante el siglo
XIX –como el telégrafo, el teléfono y las radiocomunicaciones– nacieron en plena
expansión del capitalismo financiero que genera riqueza a través de la
especulación, algo que condicionó enormemente su modelo de desarrollo futuro.
Los grandes magnates del ferrocarril que invirtieron enormes cantidades de
dinero en instalaciones telegráficas, lo hicieron en beneficio propio y no para
ofrecer un medio de comunicación a la sociedad. De hecho, aquellas familias
adineradas –J.P. Morgan, Rockefeller, Vanderbilt o Gould– continúan, al día de
hoy, interviniendo en el mundo de las finanzas. La prensa de aquel tiempo los
bautizó como los “barones ladrones” por sus prácticas despóticas e ilegales para
obtener ganancias que incluían la estafa y la coacción. Algo similar sucedió con
distintas tecnologías de radiocomunicación. La mayoría de sus inventores –como
Reginald Fessenden, inventor del primer transmisor que permitió emitir voz, o
Lee de Forest, creador del audión, un pequeño amplificador de gran potencia que
minimizó el tamaño de estos equipos– terminaron perdiendo sus propias empresas a
manos de los socios inversionistas que solo se preocupaban por la rentabilidad
del negocio.
“Los protectores de nuestras industrias”. Caricatura de Puck Magazine (1883).
Muestra a los magnates del ferrocarril Cyrus West Field, Jay Gould, Cornelius
Vanderbilt y Russell Sage sentados sobre bolsas de dinero a hombros de sus
trabajadores. Imagen en Dominio Público.
Con este afán de lucro desmedido como objetivo principal de los desarrollos
tecnológicos de la época, se originaron eternos litigios de patentes y disputas
sobre su autoría. Se ignoraba, así, el carácter colectivo de todos estos
avances, originados a partir de descubrimientos previos de otros científicos.
Guglielmo Marconi nunca hubiera podido inventar su equipo de radiocomunicación
sin las ecuaciones que formuló James Maxwell o los experimentos de Heinrich
Hertz.
¿Qué hubiera sucedido con estas tecnologías si el modelo de desarrollo elegido
hubiera estado abocado a garantizar derechos en vez de enfocarse en su
rentabilidad?, ¿a dónde habríamos llegado si en vez del proteccionismo de las
patentes los inventores hubieran contribuido abiertamente entre ellos?, ¿y si
los Estados hubieran mantenido cierto control sobre su despliegue e
implementación?, ¿o si en vez de hombres del Norte Global hubieran participado
más mujeres y científicos del Sur?.
Preguntas como estas nos invitan a cuestionar el tan extendido paradigma de la
neutralidad tecnológica. El debate no es si las tijeras sirven para hacer el
bien o para asesinar a alguien, sino preguntarnos que sesgos transmiten o
perpetúan. Algo que entienden perfectamente las personas zurdas que tienen que
usar tijeras diseñadas para diestros.
El argentino Enrique Chaparro, miembro de Fundación Vía Libre, resumió este
planteamiento en 2009 de la siguiente manera:1
Las tecnologías, en tanto producto de un sistema económico-político hegemónico,
no solo están teñidas de ideología sino que además son vectores de ella. […] Es
cierto que podemos subvertir algunos artificios tecnológicos, pero no podemos
desprendernos de la ideología subyacente en el propio concepto del artificio.
Chaparro propone abordar el uso de la tecnología con una “visión crítica y
razonable escepticismo”, desechando el estéril debate sobre los usos buenos o
malos y las acusaciones cruzadas entre ciberutópicos y apocalípticos. De esta
forma, se puede evaluar y cuestionar la veracidad de las promesas de progreso y
modernidad que han acompañado el despliegue de cada tecnología de información y
comunicación (TIC). Una invitación a situarnos como actores propositivos en la
discusión sobre los modelos de desarrollo posibles y no como meras usuarias o
consumidores fascinados por el último gadget o plataforma con la que el mercado
nos pretende seducir.
Una actitud crítica que, históricamente, mantuvieron las radios populares,
comunitarias y alternativas de América Latina y el Caribe, quienes concibieron
la radiodifusión como un soporte tecnológico para promover el derecho a la
comunicación. Un derecho éste, articulador y habilitador de otros derechos. A lo
largo de todo el continente, estas emisoras hackearon la unidireccionalidad
original del medio radiofónico, implementando una comunicación participativa de
doble vía, como estrategia de democratización de la palabra. Eligieron el ámbito
de la comunicación como un territorio en el que disputar la hegemonía a quienes
tenían el monopolio en la creación de sentidos e imaginarios. Plantearon la
discusión desde el plano político e ideológico, no meramente desde el
tecnológico.
Estas radios, que se autodenominaron de formas muy diversas,2 constituyeron
redes nacionales de coordinación y organizaciones regionales como la Asociación
Latinoamericana de Educación y Comunicación Popular (ALER) y la oficina para
América Latina y el Caribe de la Asociación Mundial de Radios Comunitarias
(AMARC-ALC). Junto a otros colectivos vinculados a la comunicación, como la
World Association for Christian Communication (WACC) o la Agencia
Latinoamericana de Información (ALAI), ALER y AMARC-ALC elaboraron propuestas
legislativas para garantizar el derecho de la ciudadanía a acceder a los medios
de comunicación. Sus demandas –respaldadas en reiteradas ocasiones por
organismos internacionales como la Unesco o la Corte Interamericana de los
Derechos Humanos de la OEA– se podrían resumir en los siguientes puntos:
entender la comunicación como un derecho antes que una mercancía; limitar la
concentración de la propiedad evitando monopolios y oligopolios; fomentar el
acceso equitativo a las frecuencias de radio y televisión para configurar un
mapa mediático más plural y diverso; y disputar el poder dominante para que la
ciudadanía participe ampliamente en el debate público.
Creemos que estos ejes de reivindicación y análisis no han perdido vigencia y
son igualmente válidos para ayudarnos a entender y a transformar el sistema
infocomunicacional contemporáneo.
¿PODEMOS RESIGNIFICAR LAS ACTUALES TECNOLOGÍAS DE INFORMACIÓN Y COMUNICACIÓN?
Los medios populares y comunitarios han demostrado históricamente una notable
capacidad para apropiarse y resignificar las TIC y ponerlas al servicio de sus
fines políticos y comunicacionales. Sin embargo, sería importante analizar las
estructuras y relaciones de poder actuales para evaluar las posibilidades de
lograrlo en este nuevo escenario.
La propuesta es realizar este análisis desde tres abordajes complementarios:
sirviéndonos de la economía política de la comunicación para entender la
estructura de concentración de la propiedad de las TIC; observando los cambios
que esta estructura híperconcentrada han provocado en las lógicas de producción
y distribución de las industrias culturales; y por último, analizando cómo estas
transformaciones están cuestionando la identidad de los medios populares y
comunitarios.
1. CONCENTRACIÓN DEL PODER EN FAVOR DE LA RESTRICCIÓN DE DERECHOS
A inicios de la década de los 90, las TIC comenzaron a llegar a las radios
populares y comunitarias de la región. Computadoras, editores de audio digitales
o receptores satelitales se integraron al trabajo diario de las emisoras.
Incluso, había organizaciones sociales como Chasque, en Uruguay, Nicarao, en
Nicaragua, o Ecuanex, en Ecuador, que ofrecían acceso a internet ante el
desinterés de los Estados o empresas privadas por aquellas “nuevas
tecnologías”.3
Con ese internet incipiente, en 1996, al equipo de AMARC-ALC se le ocurrió
fundar Pulsar, una agencia de noticias que enviaba boletines por correo
electrónico. Al año siguiente, ALER inauguró su red satelital descentralizada,
llamada ALRED, a través de la cual intercambiaban todo tipo de contenidos y
producciones. En aquel momento, estos nuevos soportes se asumieron como
herramientas para amplificar las voces, aumentar la incidencia y alcanzar la tan
ansiada masividad. Por fin, el sector alternativo tenía a disposición las mismas
tecnologías que el comercial. En el tejado de una pequeña emisora popular del
altiplano andino o una comunitaria de la Amazonía, se podía ver la misma
parabólica que los medios comerciales instalaban en las principales capitales
latinoamericanas.
A inicios de la década del 2000, se terminó de profundizar el proceso de
privatización y convergencia de las TIC, fusionándose por completo el sector de
las telecomunicaciones con los medios tradicionales y los nuevos canales de
difusión digitales. Tras la grave crisis económica de 2008, el capital
especulativo redirigió sus inversiones a las denominadas “plataformas”. Algunas
ya consolidadas, como Facebook o Twitter, y otras que acababan de surgir, como
Uber, Airbnb o Spotify.
Actualmente, una radio sale al aire por FM mientras alcanza audiencias mundiales
por Youtube o un canal de streaming y difunde sus noticias por redes sociales
corporativas. Resulta difícil no fascinarse con estas posibilidades para
potenciar y amplificar las narrativas de un sector como el de los medios
alternativos que siempre compitió en desventaja. El principal inconveniente es
que la convergencia amplió a escala global los desequilibrios en la distribución
de la propiedad de las tecnologías asociadas a internet y al resto de las
telecomunicaciones de las que dependen actualmente todos los medios de
comunicación.
Si los índices de concentración sobre las frecuencias de radio y televisión eran
exagerados, los datos actuales son aún más escandalosos.4 Solo dos compañías se
reparten el 99% del mercado de los sistemas operativos para móviles (Android con
el 71% y iOS el 28%); en computadoras de escritorio las cifras son parecidas, el
87% de equipos usan sistemas operativos de Microsoft (72%) o de Apple (15%); dos
navegadores tienen una cuota de mercado del 85% (Chrome 65% y Safari el 18%); un
solo buscador, Google, acapara el 91.6% de las búsquedas; entre Apple eMail
(56%) y Gmail (31%) suman el 87% de los buzones mundiales de correo electrónico;
respecto al uso de redes sociales, entre Facebook, Instagram y Whatsapp suman
más de siete mil millones de usuarios –las tres plataformas pertenecen a la
misma compañía, Meta–. Si observamos la cuota de mercado entre los proveedores
de infraestructura de nube para que terceros desarrollen sus servicios y
aplicaciones, tres empresas se reparten el 66%: Amazon Web Services (31%), Azure
Microsoft (24%) y Google Cloud (11%).5
Lo más sorprendente es que, aunque los datos corresponden a distintas capas o
segmentos –sistemas operativos móviles y de escritorio, redes sociales, correo
electrónicos o servicios de cloud– solo mencionamos a cinco empresas. Las
llamadas Big Tech, conformadas por Google/Alphabet, Amazon, Facebook/Meta, Apple
y Microsoft (GAFAM), controlan estos servicios globalmente, sobre todo en
Occidente.6 Los ámbitos de dominio se expanden aún más si tenemos en cuenta que
estas empresas están incursionando, por ejemplo, en la instalación de fibra
óptica submarina. Las Big Tech acaparan prácticamente todas las capas que
constituyen actualmente las TIC: desde la infraestructura física de cables y
servidores hasta el software que usamos en los dispositivos finales.
Niveles menos exorbitantes de concentración, como fueron los del sector
infocomunicacional en la década de los 70, contribuyeron a establecer un
movimiento global que reclamaba la constitución de un Nuevo Orden Mundial de la
Información y la Comunicación (NOMIC). También impulsaron la conformación de un
movimiento social latinoamericano por la democratización de la comunicación que
consiguió que varios gobiernos de la región aprobaran, más de tres décadas
después, leyes para garantizar el derecho a la comunicación.
Hoy pareciera existir cierta permisividad hacia estos oligopolio tecnológicos
que, en cualquier otro ámbito, generarían, al menos, debates y preocupación.
También en el sector de los medios populares y comunitarios que pareciera haber
atenuado el espíritu crítico sobre las tecnologías en favor de un enfoque
instrumental al incorporar estas nuevas herramientas de producción y difusión
sin cuestionar quiénes son sus dueños o sus posibles impactos.7
No hay duda de que las redes sociales corporativas ayudaron a instalar en la
agenda la lucha de los movimientos indígenas y campesinos colombianos del Cauca
o visibilizaron los crímenes contra periodistas en México. Sin embargo, sus
nombres no son recordados y sus stories no acaparan tantos likes como aquellas
de los influencers, que enseñan a maquillarse o bailar una coreografía a sus
millones de seguidores. Tras años intentando hacer la revolución desde Facebook
o subvertir Twitter –ahora X–, los imaginarios y sentidos que triunfaron no
fueron los que hubiéramos deseado. Los discursos de odio y negacionistas, la
desinformación, la regresión de derechos que se creían ganados y la apertura de
debates históricos que se daban por saldados, se impusieron con la complicidad
de los dueños de estas plataformas.8 Espacios que se presentaban como ágoras
públicas y democráticas exacerbaron el consumismo salvaje y el individualismo
desmedido que el sistema capitalista busca, mercantilizando así todas las
esferas de la vida, también las tecnologías.
Mientras, los principales magnates tecnológicos rinden pleitesía a líderes
populistas como Donald Trump, quien tomó posesión de su segundo mandato como
presidente de los Estados Unidos en enero de 2025 rodeado por todos ellos. Jeff
Bezos (Amazon), Mark Zuckerberg (Meta), Sundar Pichai (Google) y Elon Musk
(Tesla y X)9 abrazaron sus políticas de austeridad, conservadoras,
negacionistas, machistas, racistas y homófobas. Estos modernos “barones
ladrones”, ponen a disposición de Trump todo su poderío mediático y coquetean
con total impunidad con los partidos de ultraderecha del mundo entero.
Los riesgo de depender de estos “señores feudales tecnológicos”10 para producir
una comunicación contrahegemónica son evidentes. Significaría ir de la mano en
esta lucha con los hombres más ricos del planeta. Por cierto, todos ellos
blancos, heterosexuales, angloparlantes, y con ciudadanía estadounidense.11 Unos
tecnomagnates que acumulan riqueza a unos niveles y con una rapidez nunca antes
vista. Usar sus servicios incrementa, más aún, su poder y sus ganancias. Dinero
que termina financiando a grupos con ideales antagónicos a los del movimiento
popular y comunitario. Sería como aliarse en los 90 con los grandes grupos
mediáticos comerciales que acusaban a estas radios de robarse el espectro o
utilizar las ondas para fomentar el narcotráfico y el terrorismo.
2. NUEVAS LÓGICAS DE PRODUCCIÓN AL SERVICIO DE LAS PLATAFORMAS.
La concentración y la profundización de la mercantilización y privatización de
las TIC expuesta en el apartado anterior no solo tienen implicaciones
económico-políticas sino que han alterado los modelos de negocio y las lógicas
de producción y distribución de las industrias culturales. Es posible agrupar
estas transformaciones en tres aspectos: la dictadura de los formatos, la
dependencia de las plataformas de terceros, y la capacidad de elección de las
audiencias en este nuevo escenario.
LA DICTADURA DE LOS FORMATOS
Las redes sociales y el resto de plataformas de difusión de contenidos
–independientemente de que éstas sean libres o privativas–, al igual que
cualquier otra herramienta de información y comunicación, median y condicionan
los procesos comunicativos: “activan y potencian nuevas prácticas y modos de
acceder a la información, nuevas formas de organización, de movilización, de
interacción, de comprar, de relacionarse”.12
Por ejemplo, el podcast, un formato habilitado por internet, revolucionó la
temporalidad de la escucha al ofrecer la posibilidad de consumir “radio a la
carta” frente a las instantáneas transmisiones en vivo. A partir de su
popularización, las emisoras de todos los sectores se vieron obligadas a subir
los programas a plataformas de podcast para responder a los nuevas prácticas de
consumo de sus audiencias.13Algo similar ocurrió con las transmisiones de
streaming de video a las que muchas emisoras se están apuntando, emitiendo en FM
o AM y en simultáneo por YouTube o Twich.
Las dinámicas de distribución de contenidos en internet han sometido a todos los
medios de comunicación, no solo a las radios, a una frenética carrera para
adaptarse a la plataforma de moda. Sus lógicas de producción y difusión se
alteraron, no por una convicción periodística o comunicacional, sino meramente
comercial. Primero se vieron obligados a resumir una investigación en 140
caracteres; luego en stories de video de 30 segundos; y ahora deben gamificar
sus contenidos e ignorar las clásicas reglas del periodismo en pos del clickbait
y la monetización.
Esta evolución de la producción la imponen las plataformas que se nutren de una
peligrosa economía de la atención. Los propios medios de comunicación fueron
excluidos de esas decisiones, mucho más sus audiencias. Se les usurpó el poder
de elegir la evolución de sus propias dinámicas de trabajo. La rapidez de estos
cambios obliga a los medios a saltar de uno al otro sin tan siquiera terminar de
adaptarse al anterior y, mucho menos, a reflexionar sobre su conveniencia o sus
efectos.
El último informe sobre las tendencias del periodismo, medios y tecnología del
Reuters Institute for the Study of Journalism University of Oxford alertó sobre
“el poder disruptivo de la inteligencia artificial” y cómo está afectando, no
solo a la producción de las noticias, sino también a su distribución. Esto
provocó que los medios hayan visto descender drásticamente las visitas
provenientes de las redes sociales más antiguas –“en 2023 el tráfico desde
Facebook a los sitios de noticias cayó 48% y desde X [Twitter] disminuyó 27%”.14
Mientras, los chatbots gestionados con IA generativa se posicionan como los
nuevos canales de distribución de la información a través de programas
inicialmente concebidos para la mensajería instantánea interpersonal como
Whatsapp. La mayoría de directores entrevistados en el estudio decidieron
enfocarse más en esa plataforma, algo que también hicieron muchos medios
alternativos en la región.
Esta dinámica se convierte en un círculo vicioso que los medios de comunicación
no adivinan cómo romper. Por un lado se alarman por la incapacidad actual de las
audiencias para consumir contenidos de más de un minuto de duración. Por el
otro, se ven obligados a superficializar sus informaciones para aumentar el
tráfico y subsistir así con la venta de publicidad digital. Mientras, compiten
con influencers y creadores de contenido independientes que les superan
notablemente en seguidores e incidencia.
DEPENDENCIA DE PLATAFORMAS DE TERCEROS
Además de modificar las lógicas de producción y distribución de múltiples
formas, el uso de redes o plataformas corporativas acentúa la dependencia de
terceros con los riesgos que eso conlleva para un medio de comunicación. El
salvadoreño Leonel Herrera, expresidente de ALER, alertó en 2019 sobre estas
herramientas corporativas: “responden al modelo de negocio de las
transnacionales y no a la lógica de participación de la gente. En un momento
dado cambia su modelo de negocio y dejan fuera a toda la gente que estaba
participando en esa red”. Dos años después de estas premonitorias declaraciones,
Elon Musk compró Twitter. Además de rebautizarla, impulsó cambios que han puesto
en entredicho su continuidad.
La permanencia de estas empresas está ligada a su rentabilidad o al capricho del
magnate que las controla y las vende o cierra de un día para otro. No hace
tantos años el único chat era el de MSN Messenger. La red social de moda era
Myspace. Second Life permitía vivir una vida virtual alternativa. Las fotos se
subían a Flickr y los archivos se compartían a través de Megaupload. En pocos
años, estas aplicaciones fueron cerrando o perdieron la mayoría de usuarios.
Ciertamente, mantener nuestra propia infraestructura es costoso, pero igualmente
puede salir muy caro para un medio de comunicación delegar toda su memoria
digital a una empresa sobre la que no tiene ningún control y con la que firma
unos términos de servicio ilegibles que van cambiando constantemente. Acuerdos
que se rigen por legislaciones de países en los que es extremadamente complicado
reclamar si un día una de esas compañías censura un contenido y lo borra de sus
servidores sin previo aviso.
Es frecuente que los medios populares y comunitarios ya no mantenga una web
propia donde ofrecer sus contenidos que solo se encuentran en las plataformas
corporativas. Ni tan siquiera guardan un respaldo en una nube propia o en la
computadora local. Sería como entregar la llave de la antigua discoteca a los
dueños de Google para que eliminaran vinilos a su antojo de un día para otro. O
si Amazon controlara el transmisor de la emisora y decidiera el momento en que
se apaga y se enciende. O como tener a Musk operando la consola y muteando
discrecionalmente los micrófonos para silenciar ciertos mensajes.
CAPACIDAD DE ELECCIÓN DE LAS AUDIENCIAS EN ESTE NUEVO ESCENARIO
En el ámbito de la radiodifusión, el ejercicio del derecho a la comunicación se
vinculó estrechamente con el acceso al soporte tecnológico. Ese acceso lo
podemos separar en dos partes, los equipos técnicos y la autorización legal.
Para acceder a los equipos de transmisión hay que disponer de recursos
económicos para comprar los dispositivos homologados. La siguiente es obtener el
permiso del Estado para utilizar una frecuencia radioeléctrica de transmisiones.
Cumpliendo ambas condiciones, una escuela radiofónica con suficientes recursos
como Radio Sutatenza, logró equiparse con los transmisores más potentes del
mercado y superó en cobertura a todos los medios comerciales de su país,
llegando incluso a ser la cadena radial con más vatios de la región. O Radio
Enriquillo, de República Dominicana, que con una programación innovadora, fresca
y callejera, consiguió situarse como la emisora más escuchada de la zona.
A riesgo de que el planteamiento peque de reduccionista, ya que, ciertamente,
hay otros factores que influyen en estas decisiones –sociales, culturales,
económicos–, podríamos afirmar que contar con una licencia legal y con los
recursos para garantizar los artefactos tecnológicos, sumado a la libertad de
elección de la audiencia ante una propuesta comunicacional relevante, posibilitó
a muchos medios populares y alternativos competir con los medios comerciales sin
otro tipo de intervenciones o mediaciones. Incluso, en un sistema
infocomunicacional que les era adverso. Por tanto, una política pública que
garantizara el acceso a las frecuencias como soporte tecnológico y el acceso a
recursos para adquirir los equipos, resolverían, en gran medida, la histórica
demanda por el ejercicio del derecho a la comunicación.
Ahora bien, el escenario tecnológico actual es mucho más complejo. A esos
factores que mencionamos, se suma un entramado de variables tecnológicas muy
difíciles de controlar, incluso para los medios comerciales que pueden invertir
cuantiosos recursos para intentarlo. En el ámbito de las plataformas y redes
sociales comerciales –siendo las TIC más usadas actualmente–, tener a
disposición y de forma “gratuita” ese soporte no garantiza posibilidades
similares a las de la etapa anterior donde una radio tenía total potestad sobre
el uso que hacía del transmisor y el resto de artefactos.
Hoy, esas tecnologías corporativos de las que dependemos, no solo no son
propiedad de los medios sino que, además, aparecieron los algoritmos para mediar
la interacción con las audiencias. Unos intermediarios que, lejos de ser inocuos
o neutrales, favorecen a unos sectores frente a otros y ejercen de gatekeepers,
censurando contenidos sin ofrecer explicación alguna. A eso hay que añadir que,
de forma arbitraría y ocultando los motivos, las plataformas aplican filtros a
cuentas o temáticas determinadas, lo que se conoce como showbaning. Y como las
empresas dueñas son transnacionales que no están sujetas a políticas nacionales
de comunicación, evitan cualquier tipo de restricción o sanción –además de
ahorrarse el pago de impuestos–.
Asimismo, estos algoritmos restringen la libertad de elección de la audiencia.
Si un usuario acostumbró al algoritmo que su preferencia son los medios de
comunicación cercanos a una ideología determinada, muy probablemente ese
algoritmo nunca le sugiera un medio de la ideología contraria. Incluso, aunque
el periódico o la radio haya pagado para aumentar su visibilidad en dicha
plataforma: “vivimos en una gubernamentalidad algorítmica”, afirma el reconocido
comunicólogo Nestor García Canclini.
3. LA DISPUTA DE LA IDENTIDAD DE LOS MEDIOS POPULARES Y COMUNITARIOS
El comunicólogo Fernando Reyes Matta decía que “la comunicación puede ser
alternativa solo en la medida que emerge y se sostiene por su capacidad para que
puedan participar en ella sectores postergados” (1986). Actualmente, personas de
esos sectores pueden intervenir en las conversaciones globales y lograr una
incidencia mayor desde una cuenta personal de Tik Tok sin necesidad de la
intermediación o representatividad de un medio tradicional.
El rol de los medios de comunicación en general, pero en particular el de
aquellos que construyeron su identidad sobre la representatividad de los
sectores oprimidos y olvidados, está profundamente cuestionado por estas nuevas
lógicas de comunicación e información. El modelo que proponen las actuales
plataformas mediáticas y las redes sociales corporativas se construye sobre
individualidades en frontal oposición al modelo colectivo de la comunicación
alternativa.
Precisamente, uno de los principales cismas de la comunicación popular a finales
de los años 70 fue la preocupación por aumentar la participación de la
comunidad. En una autoevalución crítica, identificaron que los maestros, curas y
sindicalistas se habían apropiado de los micrófonos de las radios populares.
Malinterpretando aquella frase de “ser la voz de los sin voz”, hablaban en
nombre de la población en vez de abrir las puertas de la emisora o sacar los
equipos a la calle para que los vecinos y vecinas se expresaran.
Manual de capacitación 1, “La entrevista” (ALER, 1983).
Es por eso que en la década siguiente, inspirados por las preceptos de Paulo
Freire y los teólogos de la liberación, involucraron a sus audiencias en todo el
proceso: desde el diseño de la programación hasta en la producción, operación y
conducción de los diversos espacios de la radio. Pasaron de ser meros receptores
que participaban de vez en cuando a convertirse en emisores y protagonizar el
proceso comunicativo. Es por eso que la comunicación popular y comunitaria se
gesta en colectivo, una minga de la palabra.
Más que en medios de comunicación, las radios se convirtieron en espacios de
diálogo e intercambio de ideas, de articulación barrial, sindical o escolar.
Muchas de ellas abrieron telecentros, cafeterías, restaurantes, no solo como
fuente de sostenibilidad, sino como lugar para encontrarse. De esas
articulaciones también surgieron conciertos, talleres o festivales de
instalación de software libre. Y se fue conformando así un movimiento
latinoamericano por la democratización de la comunicación sostenido por las
coordinadoras nacionales, las redes regionales y las alianzas internacionales.
Toda este espíritu colectivo y comunal se opone diametralmente a las lógicas que
promueven las redes sociales capitalistas que invitan, tanto a producir, como a
consumir individualmente desde tu propio teléfono y plataforma. Y aunque los
medios alternativos han intentado promover usos colectivos o disruptivos de
estos espacios, ya expusimos las enormes limitaciones que tienen para hacerlo:
tanto ideológicas –opuestas a los principios que defienden y promueven–; como
políticas –son propiedad de los hombres más ricos y poderosos del planeta
quienes sostienen el status quo que aspiramos a subvertir–; o de autonomía
–generan una dependencia extrema de terceros sobre los soportes tecnológicos que
usamos–; y periodística –condicionan nuestras lógicas de producción y la forma
en que nos relacionamos con nuestras audiencias–.
OTROS MODELOS DE DESARROLLO POSIBLES YA EXISTEN
Este texto no pretende ser una invitación para abandonar el uso de tecnologías.
Todo lo contrario. Nos apasionan, tanto las radiofónicas como las tecnologías
que nos permiten acceder a internet que, por cierto, contienen muchísimos
servicios además de las plataformas comerciales. Cuando el movimiento por la
democratización de la comunicación criticó la concentración de las frecuencias y
se enfrentó al modelo de gestión del espectro que lo había privatizado y
entregado el sector comercial, no se le calificó de “radioapocalípticos”. Eran
conscientes del potencial de contar con medios propios para la construcción de
esos otros mundos posibles y lucharon por ello. Por ese motivo, nos sentimos en
la obligación y en la necesidad de debatir y proponer otros modelos de
desarrollo tecncientífico que no dependan de los caprichos de un puñado de
magnates multimillonarios, ególatras y vanidosos.
Creemos que, para actualizar aquellos planteamientos y demandas al contexto
actual, podemos comenzar con algunas preguntas: ¿qué posibilidades tenemos de
lograr un mundo más justo y equitativo, aliados con las empresas más poderosas
del planeta cuyos dueños pertenecen a ese 1% que acumula más riqueza que el 95%
de la población mundial? ¿Qué implica promover el derecho a la comunicación en
este escenario de convergencia digital acelerada? ¿Qué impacto en el medio
ambiente tienen los artefactos que usamos? En definitiva, ¿qué tecnologías
necesitamos para el mundo que queremos construir y de qué forma nos apropiamos
de ellas?
Para los sociólogos de la tecnología, existen cuatro formas de apropiarnos de
los desarrollos tecnológicos.15 La apropiación adoptada o reproductiva de los
usos, cuando es apropiada para los fines que fue desarrollada. La adaptada o
creativa, se refiere a la innovación de usos originales más allá de los
establecidos inicialmente en su concepción, usos denominados como “disruptivos”.
La cooptativa, que excede el uso individual. Se presenta cuando una empresa o
gobierno se apropia de una tecnología de forma directa, por compra o por
imitación, casi siempre con un objetivo comercial. Y, por último, nuestra
preferida, la creación tecnológica. En vez de incorporarse o apropiarse, la
tecnología es directamente producida ya sea con fines económicos, sociales o
activistas.
A lo largo de la historia de los medios populares y comunitarios, encontramos
varios ejemplos en los que fueron innovadores en este sentido. Además de los
proyectos mencionados anteriormente como la agencia digital Pulsar (AMARC-ALC),
el sistema satelital ALRED (ALER) o el proyecto de Ecuanex promovido, entre
otros, por ALER y ALAI, existen muchos más. A principios de los años 90, FM La
Tribu de Buenos Aires, desarrollo su propio “tandero”, un automatizador de
programación radiofónica que compartieron con otras emisoras. Años más tarde,
impulsaron un sistema operativo libre GNU/Linux llamado Cafeína. También en
Argentina, en 2010, la Red Nacional de Medios Alternativos (RNMA), junto a
Antena Negra y el colectivo DTL, organizaron diversos talleres para que las
radios fabricaran sus propios transmisores y antenas. Al finalizar la
capacitación “llevaban consigo la tecnología necesaria para arrancar con un
sueño”.16 Son apenas algunos ejemplos de creación tecnológica que representan la
inquietud pionera del sector alternativo por desarrollar colectivamente sus
propios artefactos tecnológicos.
Siguiendo la estela de aquella experiencias, otras organizaciones mantienen vivo
ese espíritu, todas ellas con conexiones con el ámbito de la comunicación
popular y comunitaria: Redes AC, Rizhomatica, Colnodo o Altermundi, promueven
redes de internet, intranet y telefonía comunitaria en la región junto a varios
medios alternativos; la Red de Radios Comunitarias y Software Libre acompaña a
las emisoras que quieren liberarse tecnológicamente y desarrollan el sistema
operativo libre GNU/Linux EterTICs y el automatizador G-Radio; o Internet
Ciudadana, que agrupa a varias organizaciones que trabajan por una internet
democrática y, entre otras iniciativas, facilita talleres para quienes quieren
migrar al Fediverso, el universo de redes libres, federadas y descentralizadas,
como Mastodon, Pixelfed o PeerTube.17
Más allá de las experiencias pioneras, el principal legado de los medios
comunitarios y populares y las asociaciones que los articularon, fue politizar
la discusión en torno al derecho a la comunicación. Su capacidad para movilizar
a amplios sectores de la ciudadanía, propició la aprobación de varias
legislaciones regionales que fueron elogiadas globalmente. E instalaron en la
opinión pública la idea –secundada por diversos organismos nacionales e
internacionales– de que sin medios comunitarios no hay democracia.
Es por eso que, antes de migrar a GNU/Linux o abrir una cuenta en el Fediverso
–o al mismo tiempo, al menos–, hay comenzar tejiendo otros imaginarios en torno
a la tecnología, no pensándola en tanto dispositivos o plataformas sino como
sistemas de conocimiento y poder que reproducen o disputan hegemonía.
Esperamos que los argumentos expuestos a lo largo de este texto contribuyan en
este sentido. Es urgente politizar las tecnologías. Cada día surgen más
evidencias de que el modelo de desarrollo tecnológico capitalista y quienes lo
lideran están poniendo en jaque a la democracia. ¿Lo vamos a permitir?18
Agencia Informativa del Foro Argentino de Radios Comunitarias (Farco).
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REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
1 Publicado en “Tecnología: Definiciones. Muerde”, Colectivo La Tribu, 2009, pp.
73-74.
2 Mineras y sindicales, educativas, populares, comunitarias y ciudadanas.
Emisoras rebeldes, clandestinas, insurgentes o revolucionarias. Sociales,
asociativas, libres, participativas, independientes, interactivas,
contrainformacionales o truchas. Indígenas, autónomas, comunales, rurales,
campesinas, locales, barriales o vecinales; Cooperativas, escolares o
religiosas. De mínima cobertura o baja potencia. Alternativas o alterativas,
como decía Rafael Roncagliolo, por su objetivo es alterar el orden social y
provocar.
3 La página de Ecuanex aún se puede visitar en línea: http://www.ecuanex.net.ec/
4 Siempre se menciona el ejemplo de México donde un duopolio controla el 95% de
las concesiones televisivas del país. Para un análisis completo de este
panorama: La concentración infocomunicacional en América Latina (2000-2015):
Nuevos medios y tecnologías, menos actores. Martín Becerra y Guillermo Mastrini.
Universidad Nacional de Quilmes.
5 Datos obtenidos en enero 2024 de StatCounter, Litmus, Statista, Forbes y
PewResearch.
6 El correlato chino de las GAFAM son las BATX: Baidu, Alibaba, Tencent y
Xiaomi.
7 En muchos colegios están prohibiendo el uso de celulares y varios países ya
recomiendan retrasar la edad de iniciación de los jóvenes por los efectos
adictivos que muchas de las aplicaciones más conocidas. Arturo Béjar, ex
ingeniero de Meta, afirmó que “en Instagram está el mayor acoso sexual de la
historia de la humanidad”.
https://www.eldiario.es/tecnologia/arturo-bejar-ex-ingeniero-meta-instagram-mayor-acoso-sexual-historia-humanidad_128_10767446.html
8 Zuckerberg anunció que terminará con su programa de verificación de
información por terceros en Facebook e Instagram que había sido criticado
duramente por Trump y Musk. Y Jeff Bezzos, dueño de Amazon y del periódico The
Washington Post, expresó que “Escribiremos todos los días en apoyo y defensa de
dos pilares: las libertades personales y los mercados libres”, lo que provocó la
salida de su jefe de opinión y un alineamiento explicito a las ideas del nuevo
Presidente de los EEUU.
9 Musk, entró a formar parte del gobierno estadounidense encabezando el
departamento de recortes del gabinete (DOGE), blandiendo una motosierra que le
regaló el presidente argentino Javier Milei. Además de paralizar las ayudas para
el desarrollo del gobierno de los EEUU, propone le despido de miles de empleados
públicos en todas las áreas gubernamentales.
10 Concepto desarrollado por Cédric Durand en “Tecnofeudalismo: crítica de la
economía digital” (2021) y por Yanis Varoufakis en “Tecnofeudalismos: el
sigiloso sucesor del capitalismo” (2024).
11 Las 10 personas más ricas del planeta, según la lista Forbes de enero 2025,
son hombres. 9 de ellos tienen ciudadanía estadounidenses y están dedicados al
sector tecnológico:
https://www.forbesargentina.com/rankings/ranking-forbes-actualizado-estas-son-diez-personas-mas-ricas-mundo-enero-2025-n65262
12 “Gritos en el coro de señoritas: la apropiación del rol político de las
mujeres a través de los medios”, publicado por AMARC-ALC en 2008
13 No es algo circunscrito a la radio, los canales tradicionales de televisión
han vivido un proceso similar por la presión de las plataformas de streaming.
Ahora, la mayoría cuentan con sus propias plataformas donde ofrecen los mismos
programas y series que transmiten en vivo pero “bajo demanda”.
14 https://reutersinstitute.politics.ox.ac.uk/
15 “La apropiación de tecnologías en América Latina: una genealogía conceptual”
(2019). Luis Ricardo Sandoval. Revista Virtualis.
16 Declaración de Juan Pablo Berch y Sofía Loviscek, del colectivo América
Profunda y la inicicativa RadioxRadio. Hay registro de iniciativas similares
anteriores. En octubre de 1991, AMARC-ALC junto a las organizaciones CEPES, ILLA
y CNR y la cooperación de la fundación italiana Crocevia, realizó un taller
piloto en Lima con 9 campesinos aficionados a la electrónica. En apenas 15 días,
cada uno de los participantes fabricó su pequeña emisora. Luego, se mejoraron
los prototipos y se modificaron para emitir a 20 watts. La experiencia se
documentó en un manual que otras radios emplearon para elaborar sus transmisores
artesanales.
17 Estas plataformas no tienen un enfoque comercial ni tampoco venden los datos
de quienes las usan. Tampoco tiene publicidad ni están mediadas por algoritmos.
https://radioslibres.net/fediverso/
18 “Politizar la tecnología: radios comunitarias y derecho a la comunicación en
los territorios digitales” (2020), por Inés Binder y Santiago García Gago.
https://radioslibres.net/politizar-la-tecnologia/